El objetivo principal de la medida anunciada ayer por Alberto Fernández, inédita en la historia de la democracia, es, como se ha venido escuchando repetidamente, «aplanar la curva de contagio». Ahora bien: ¿Qué significa esto? Dicho simplemente: lograr que haya menos gente infectada por coronavirus al mismo tiempo para que no colapse el sistema de salud.

Sabemos, a esta altura del partido, al menos dos cosas: que el virus es muy contagioso (ahora voy a tratar de explicar cuánto) y que además es bastante más mortal que una gripe común. Los datos de mortalidad, sin embargo, varían mucho de país a país, y esto no tiene que ver con que el virus sea diferente en unos que en otros sino con la capacidad del sistema sanitario de absorber y atender los casos graves y, también, con la cantidad de tests que se hacen.

Si logramos que la curva de contagio se parezca más al rojo que ves en el gráfico de arriba que al azul, evitaremos muchas muertes. Y para eso tenemos que ser todos socialmente responsables y no salir de nuestras casas más que para lo indispensable.

Porque, como ya adelanté, uno de los problemas de este nuevo virus es su alta contagiosidad. Aunque los datos no son firmes y van cambiando todo el tiempo a medida que la pandemia evoluciona, por ahora se habla de un R0 de entre 1,5 y 2,4 personas. Esto quiere decir que, en promedio, cada persona que porte el virus contagiará a otras dos personas. Si bien no parece tan grave a simple vista, el problema es que el crecimiento es exponencial: una persona contagia a dos, esas dos a otras cuatro, esas cuatro a ocho, y la curva se empina vertiginosamente si no se toma ninguna medida. Para tener como valor de referencia, el R0 de la gripe estacional es de 1,3.

Y la cifra de 2 es un promedio, pero podemos evocar por ejemplo el caso de la uruguaya que fue a un casamiento y contagió, según se cree ahora, a unas 40 personas, o el de Corea del Sur, donde todo se disparó por la “paciente 31”, una mujer que, teniendo el virus, participó en eventos masivos de una agrupación religiosa. A partir de entonces, la curva de contagio se descontroló. Una irresponsabilidad que parece menor puede terminar siendo una catástrofe para la salud pública.

Si la contagiosidad es difícil de medir, la mortalidad lo es aún más, sobre todo cuando estamos en el medio de la pandemia y cada país actuó con criterios diferentes y tiempos diferentes. En general, los países que más testean (como Corea del Sur y Alemania) y mejor sistema de salud tienen, dan índices de mortalidad más bajos. Mucho más bajos.

En Italia, que reaccionó demasiado tarde, la mortalidad es hoy en día del 8%, esto es, 8 de cada 100 pacientes con coronavirus confirmado murieron. Pero en Alemania, la cifra da 0,2%: muere uno de cada 500 confirmados. La OMS dice que la mortalidad promedio es del 3,4%. En cualquier caso, sea cual sea la cifra más ajustada, está muy por encima de la gripe común, que tiene una mortalidad del 0,05 por ciento.

Otro factor a tener en cuenta es que la tasa de mortalidad aumenta significativamente con la edad: es muchísimo más alta que la media el porcentaje de mortalidad en mayores de 60 años y especialmente en mayores de 80 y muchísmo más baja en menores de 50.

Todo indica que en nuestro país estamos en condiciones de aplanar la curva de contagios antes de que se desborde la capacidad del sistema de salud, sobre todo porque las medidas más drásticas se tomaron mucho antes que en los países donde el contagio se descontroló. En Italia se decretó la cuarentena masiva con 9000 infectados y 463 muertos; en España, con 6300 casos y 12 muertos. En Argentina, con 97 infectados y 3 muertos.

Detener la circulación del virus está realmente en nuestras manos. Tenemos la suerte de que haya llegado relativamente tarde y de haber tenido la oportunidad de aprender de las experiencias fallidas de otros países que no reaccionaron a tiempo. No la dejemos pasar.

FUENTE: FILO NEWS